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Dice la wikipedia que la Mala praxis es un término empleado para indicar una mala gestión «por acción o por omisión» en la obtención de un diagnóstico, en la prescripción de medicación o en una manipulación en el cuerpo del paciente.

 

Si yo me paro a recordar mi primer parto, que fue realmente traumático, tengo que decir que esta definición se me queda coja, no llega a definir con precisión lo que viví en el hospital. Para empezar, me atendieron 2 matronas (o eso creo) que me pidieron mi libro de la embarazada, para quien no lo sepa, el libro de la embarazada era un cuadernillo en el que la matrona de atención primaria iba anotando tu peso, tu tensión y los resultados de las diferentes pruebas a las que te sometes cuando te quedas embarazada, sobre algunas te dejan tomar decisiones pero sobre otras no

 

Esto puede parecer irrelevante pero no lo es en absoluto porque es la primera fase de violencia que vivimos las madres, cualquier prueba a la que te niegues va a suponer dos cosas:

 

  1. Te van a tratar como si fueras una irresponsable.
  2. Te van a amenazar con la vida del bebé cada vez que puedan.

 

Esto no pasa en otros ámbitos de la medicina, ni tan siquiera sucede en oncología (y eso que te juegas tu propia vida).

¿Te imaginas a un oncólogo diciéndote que eres irresponsable por no querer ir a la quimioterapia?

 

Lo del cuadernillo lo cuento porque creo que todas las embarazadas, tarde o temprano, nos hacemos con una carpeta para acumular toda la burocracia que lleva aparejada la aventura de traer una vida a este mundo. Y en esa carpeta, en la que estaba el dichoso libro, más todos los resultados de las pruebas, estaban todas las reclamaciones que puse durante los 10 meses que duró mi embarazo (que no fueron muchas, creo que 3). 

 

Las matronas, en vez de atenderme a mí, que llevaba ya 8 horas con contracciones, se dedicaron a leer mis reclamaciones y burlarse de ellas como si estuviésemos en el patio del colegio y ellas fuesen las matonas. No solo poniendo voces y quitándole toda la importancia a mis quejas, sino que además me exigían que no chillase porque viendo mis reclamaciones, estaba claro que yo era una floja y que tenía que aprender a aguantarme.

 

¿Te imaginas que vas a la revisión de odontología y empiezan a burlarse de ti? ¿Uy veo que fumas todavía, no lo habías dejado?¿No eres muy mayorcito para no lavarte los dientes por las mañanas?¿Uy que intentas decir algo pues no puedes que te pincho con el taladro?

 

Al cabo de una hora, en la que me encontraba sola, porque lo primero que hacen es deshacerse del padre para que te quedes absolutamente indefensa y a su merced (no sé si esa es la verdadera intención, es lo que yo sentí en aquél momento). Total, que al cabo de una hora de estar allí aguantando los egos de las dos señoras, me preguntan: _¿y vas a querer la epidural?

 

Yo estaba agobiada y respondí: _No lo sé.

 

A lo que sobrevino otra oleada de insultos, burlas y amenazas. Así que cedí y les dí mi consentimiento para que viniera la anestesista. Eso fue un remanso de paz. Porque las señoras se marcharon y la anestesista me trató muy bien y luego vino otra matrona. Esta matrona me trató mucho mejor, me hablaba con cariño y respeto, tuvo mucha paciencia pero claro, la epidural paró las contracciones y tuvo que ponerme oxitocina sintética para que no se parase el parto porque al romper la bolsa había aguas meconiales. Tras 3 horas de pujos encima de una cama, atada a los monitores, con tactos para ver la dilatación cada 30 minutos, sin tener donde agarrarme y en litotomía total. 

 

¿Te imaginas tener que hacer abdominales durante 3 horas cada minuto sin tener a dónde agarrarte y sin que te ayude la gravedad? Pues ahora súmale que cada 30 minutos alguien te mete los dedos en tus partes íntimas.

 

La matrona llamó al ginecólogo de guardia para decirle que me tenían que llevar al paritorio, que si me ponían en los estribos podría hacer fuerza y dar a luz. Recuerdo a aquel señor de pelo blanco, mirándome a los ojos y diciéndome: _“Es que tienes que empujar, no empujas lo suficiente, tienes que hacer más fuerza. El niño no se va a quedar ahí dentro”. 

 

Todo ese discurso con un tono absolutamente paternalista, bajo la atenta mirada de nosecuantos estudiantes, la matrona, la celadora, la auxiliar, la enfermera y mi tía que estaba allí dándome la mano y dándome ánimos en todo momento. 

 

 A lo que yo le respondí: _Eso es obvio pero de toda la gente que está aquí, la que tiene que empujar soy yo, y todos tenéis muy claro lo que tengo que hacer pero aquí nadie me ayuda. Así que, por favor, ayúdeme. Pasaron otras dos horas casi antes de llevarme al paritorio.

 

En el paritorio ya vino el padre, y mientras él me sostenía las manos, con cada pujo mi hijo se encajaba pero con cada pausa se volvía hacia atrás, así que decidieron subirse encima de la barriga dos ¿ginecólogas?¿estudiantes? para no dejar que mi bebé retrocediera dentro del útero. Para quien no lo sepa esa maniobra se llama Kristeller y en países como Reino Unido está prohibida por los riesgos que conlleva tanto para el bebé, como para la madre. Misteriosamente, dicha maniobra no viene recogida en el informe del parto.

 

Dos pujos más y salió mi bebé al mundo. Y se lo llevaron… Le dije a mi hombre: _ ¡¡¡Corre, que no nos lo cambien!!!

 

En ese momento, me quedé a solas con la matrona y la enfermera que la asistía, mientras terminaba de alumbrar la placenta y me cosía (22 puntos de episiotomía) y me decía que estuviese tranquila, que el niño estaba bien, que los pediatras ahora eran unos exagerados y trataban a todos los niños como si fueran de oro. Que en cuanto terminase iría a hablar con ellos para que me dejasen a mi hijo, que los niños donde mejor están es con su madre.

 

_¿Vas a dar el pecho?

 

_ Pues yo quería intentarlo, no sé si podré. 

 

_ Tú dí que quieres dar el pecho, así será más fácil que lo veas si te lo ingresan en la UCIN.

 

Y esa, es más o menos, la historia de mi parto que puede que únicamente pueda considerarse mala praxis por algunas instituciones y/o profesionales, aunque yo sufrí un síndrome de estrés postraumático. La cuestión es que lo que vino después es negligencia por sistema, por protocolo

 

No pasé un examen médico, ni psicológico que me diagnosticase depresión posparto o síndrome de estrés postraumático.

No tuve revisiones del suelo pélvico o del útero.

No tuve revisiones de la columna vertebral, ni tan siquiera cuando comuniqué a mi médico de cabecera de que se me dormía la pierna izquierda sin previo aviso.

 

Todas mis secuelas me las tuve que pagar de mi bolsillo. Y eso sí que es violento porque quien puede se lo paga y quien no se ve abocada a una vida miserable con dolores crónicos de por vida.

 

  • Dolores en el diafragma dislocado por la maniobra de Kristeller.
  • Dolores en vagina, suelo pélvico y útero provocados por la episiotomía y la maniobra de Kristeller (sin hablar de las pérdidas de orina).
  • Dolores en la espalda, en la cadera y el adormecimiento de la pierna sin previo aviso (de pronto te quedas sin pierna izquierda y te vas al suelo) provocados por el exceso de esfuerzo al realizar los pujos con epidural y en posición de litotomía.

 

PRIMUN NON NOCERE debería de estar escrito en cada pasillo, en cada quirófano, en cada paritorio, en cada sala de dilatación, porque se llaman así, no se llaman sala de parto.

 

¿Te imaginas que te operan de una rodilla y te mandan a tu casa con nolotil? Que nadie te da rehabilitación, que no te ajustan la medicación, que te quedan secuelas y nadie las pone en un informe con lo que además no puedes reclamar al seguro. 

 

¿Cómo lo llamarías? 

 

¿Negligencia o violencia?

 

Yo lo llamo violencia estructural porque puede que te solucionen un problema pero te generan una cascada de otros, algunos incluso mayores. De hecho, yo sufrí una cascada de intervenciones en mi parto medicalizado.

 

Y ahora vamos a sumarle que el parto no es una enfermedad, vamos a sumarle que la mayoría de las hembras humanas somos capaces de parir solas y en una cueva. ¿No se supone que el ambiente hospitalario debería de ser seguro? Al menos más que una cueva.

 

¿Por qué crees que tantas mujeres deciden parir en sus casas?

 

¿Sabes lo difícil que es parir ante la mirada expectante de diez personas desconocidas? Imagínate que tienes que practicar sexo delante de diez desconocidos que no paran de decirte lo que tienes que hacer a cada rato y multiplícalo por el dolor más doloroso que hayas sentido jamás.

 

Y esto se hace por protocolo. Y se hace con las madres. Y a los padres se les ningunea en el proceso no vaya a ser que tomen decisiones que no le vengan bien al personal sanitario de turno.

 

Pero voy aún más allá, nos lo hacemos todas (o al menos muchas) porque tras un parto terrorífico le decimos a todo el mundo que todo fue bien.

 

Porque durante un posparto deprimente y terrible le decimos a todo el mundo que no necesitamos nada, que es maravilloso ser madre y estar con tu bebé todo el día.

 

Porque tras quedarte con secuelas no se lo cuentas a nadie, ni reclamas, ni exiges que cambie el sistema. Nada, lo bloqueas y a seguir con tu vida porque cada vez que lo intentas contar, cada vez que te quieres desahogar alguien te dice: no es para tanto, lo importante es que todo salió bien, ya estás otra vez con esa historia, tienes que olvidarlo y avanzar.

 

Y eso se hace socialmente. Lo hacemos por presión social. Nos callamos por presión social.

 

Yo tardé un año en comprender que había sufrido violencia obstétrica. Sentía claustrofobia cuando metía la cabeza bajo el agua, bajo la sábana, me ahogaba. Y nunca antes me había pasado algo así. ¿Por qué no podía meterme bajo la sábana para jugar a cucú con mi hijo de 14 meses? ¿Por qué ya no podía meter la cabeza bajo el agua cuando iba a nadar?

 

Y tirando del hilo fui recordando todo lo sucedido. Fui dándome cuenta de todos los pasos que no eran correctos, de todas las malas praxis, de cada secuela.

 

Doy gracias a que mi hombre estuvo ahí para apoyarme, para sacarnos adelante, para que yo pudiera recuperarme. Otras están solas o mal acompañadas. 

 

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