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Es así, para que se pueda dar el aprendizaje el cerebro no puede estar en alerta. Tanto niños como niñas necesitan entornos de aprendizaje seguros, en los que se pueda dar su desarrollo sin sentirse amenazadas o en peligro. Y esto es así porque de manera natural, cuando el cerebro está en alerta, no se está centrando en el aprendizaje sino en la reacción al peligro que va a necesitar ya sea huir o atacar.

Cuando una persona está sometida a estrés constante, acaba por exteriorizar síntomas de ansiedad. Y esto, ya está pasando.

Ya llevo tiempo observando las consecuencias pandémicas en personas adultas, y en mayores. Pero hoy quiero hablar de los menores.

Niños y niñas no están bien.

En mayor o menor medida comienzan a acusar síntomas de ansiedad, de estrés continuado, de preocupación extrema, de ansiedad social, fobias, retrocesos en el desarrollo.

Niños y niñas no lo aguantan todo.

Ni tampoco lo aguantan todo el tiempo.

Necesitamos ir recuperando la vieja normalidad, aunque sea poco a poco. Aunque sea por zonas. Aunque no sea exactamente igual.

¿Qué consecuencias vamos a ver?

 

La quinta ola, la sexta ola, la séptima ola van a ser en salud mental… Está por ver cuántas generaciones se van a ver afectadas y de qué manera por todo lo que hemos vivido y seguiremos viviendo.

Uno de los problemas de los menores es que no tienen voz pública. No se les tiene en cuenta a la hora de legislar, de tomar medidas o cambiar normativas. No se les escucha. No se les respeta.

Y esto debería comenzar a cambiar. Puede que sus ideas o propuestas no siempre sean realistas, realizables o sensatas pero deberían ser tomadas en cuenta. Ellos, y ellas, pueden remarcan incongruencias del sistema. Pueden hacer aportaciones válidas. Pueden sentir que les queda control sobre algo, aunque sea pequeño.

Llevamos ya más de un año en una situación estresante y compleja, tal vez ha llegado el momento de hacer balance. De ver las consecuencias. Tal vez podríamos tomar ejemplo de otros países o comunidades. Hacer una evaluación para implementar mejoras en el sistema. mejoras que tengan presentes a la infancia y a la adolescencia.

Jugar, relacionarse entre pares, mantener relaciones afectivas y sociales fuera del entorno escolar, no son caprichos. Son necesarias para el desarrollo de las personas. Somos animales gregarios, necesitamos al grupo para sobrevivir.

Y ahora, en tiempos de coronavirus, las necesidades del grupo pesan más que las libertades individuales de quienes lo conformamos.

Ayer mi hija expresaba sus ilusiones, sus expectativas y sus deseos sobre ese momento en el que ya no necesitemos llevar mascarillas a todas partes. Es un momento que aguarda con anhelo (como todas,imagino), y mientras tanto, ciertos gurús de la salud van diciendo que la mascarilla ha llegado para quedarse: mínimo 10 años, dicen algunos.

No me puedo imaginar los niveles de salud mental que podremos tener tras 10 años de uso de mascarilla. En diez años, mis peques serán adultos o casi adultos. ¿Qué tipo de fobias podrán adquirir? ¿Qué tipo de sociedad vamos a construir?

¿Existirán entornos de aprendizaje realmente seguros?

 

Yo me aferro a la idea de que las mascarillas se quedarán solo para los momentos en los que estamos acatarrados o con gripe, que volverán a ser algo puntual. Que tal vez en algunos sectores o profesiones si se queden pero cuando pienso en niños y niñas, en adolescentes, pasando toda su infancia, toda su adolescencia usando mascarilla y con distanciamiento social: se me cae el alma a los pies.

Tal vez sea un buen momento para pensar soluciones, para replantearse espacios seguros de comunicación, de socialización y de relación entre iguales.