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¡Vaya semana! Todo el día con la pandemia para arriba y para abajo. que si podemos sacar a pasear a niños y niñas, que si no. Que si les calificamos la tercera evaluación, que si no.

Es agotador.

Voy a empezar recordando a todo el mundo que niños y niñas son el futuro de la humanidad. Y esto quiere decir que nuestro bienestar durante la vejez va a depender de ellos y ellas.

No sé tú, pero yo prefiero cuidarlos bien. De hecho una de mis mayores preocupaciones es dejarles un planeta y un sistema económico viables y aceptables para la vida.

Por eso hoy quiero hablar de algo que sale tímidamente a la palestra de vez en cuando pero de lo que no estamos hablando en profundidad.

¿Qué va a pasar después de la cuarentena y cómo vamos a evitar que esto vuelva a suceder?

Leo muchas personas hablando y dando su opinión, cosa que me parece bien porque cada experiencia vital tiene algo interesante que aportar. Y también leo a muchas personas quejándose de esto mismo porque parece que ante una crisis solo deben/pueden hablar los expertos.

Pues bien, yo soy experta en inteligencia emocional. Pero no es lo único que he estudiado, a lo largo de mi vida he tocado muchas ramas del conocimiento: pedagogía, psicología, sociología, antropología, comunicación, economía, matemáticas, biología, física, geología, química, estadística, electrónica, audiovisuales, marketing, diseño gráfico, filosofía, historia, etc.

Seguramente de lo que más sé es de emociones, habilidades sociales y relaciones humanas y probablemente mucho menos de todas las demás, aunque cada día aprendo, me reciclo y actualizo.

Pero eso no quita que tenga extensos conocimientos de otros campos que además se tocan bastante con el mío.

Dicho esto, quiero hablarte de economía y política.

Y lo voy a hacer con todo el respeto y humildad que pueda porque mi padre fue una eminencia de la sociología y dio clase en Ciencias Políticas durante 30 años, una de sus especialidades era: Epistemología y metodología avanzadas.

Así que créeme cuando te digo que soy muy consciente de mis limitaciones cognoscitivas al hablar de política económica.

¿Y si el capitalismo nos beneficiara a todos?

Esta frase estaba en una postal del Museo CCB en Barcelona en una exposición de artistas subsaharianos en 1999. Y para mí fue muy impactante, especialmente tras ver dicha exposición.

Es una lástima pero no sé qué fue de aquellas fotografías, seguramente estarán todavía en alguna caja de mudanzas, en aquella época todavía teníamos cámaras analógicas y había que revelarlas.hoz y martillo

Total, que después de ver un montón de obras que reivindicaban las injusticias que sufre ese continente llamado África, al que solo miramos cuando queremos sentirnos mejores personas, o hacernos conscientes de nuestros privilegios, leer aquella frase me dio mucho que pensar.

Y es que no sabemos nada de economía… O sabemos muy poco. ¿Por qué?

Si yo llegase ahora a tu casa y te preguntase: ¿te gustaría hablar un rato de economía y política? ¿Qué me dirías?

Sin embargo, nos preocupa muchísimo el dinero, suele ser uno de esos problemas que nos quita el sueño.

Y ahora más.

Si antes estábamos en una situación de incertidumbre económica, ahora mucho más. Pero poco hablamos de economía, economía de la manera más literal, la etimología de la palabra economía significa algo así como distribución de la casa. Esto es, cómo vamos a gestionar nuestra casa, si entendemos por casa el planeta, o el país en el que vivimos.

Bien. Vayamos a lo básico. ¿Cómo funciona el capitalismo?

Ciclo del dineroEn el capitalismo existe una clase trabajadora que ofrece su fuerza de trabajo para adquirir un salario con el que adquiere unos bienes de consumo al que las produce, esto es la empresa, que a su vez es la que paga a sus trabajadores y trabajadoras y se queda con el beneficio. El beneficio es lo que le queda a la empresa después de pagar la materia prima, los salarios y los impuestos.

Hasta aquí todo claro.

Supuestamente, para que la cosa no se desmadre, se ponen unas reglas del juego, que en teoría, administran los Estados. Algo que se supone que se hace para que haya juego limpio.

Bien.

Ya tenemos todos los protagonistas de este juego: estados, empresas, trabajadores, mercados y consumidoras.

Y también tenemos definido el flujo del dinero: dinero para materia prima y dinero para pagar la fuerza de trabajo que se convierte en dinero para fabricar bienes de consumo y dinero para las empresas y los Estados que a su vez lo volverán a poner otra vez en funcionamiento, y así hasta el infinito porque el capitalismo es como una bicicleta que si se para se viene abajo.

Visto así no tiene porque ser malo, ¿no? Entonces, ¿qué es lo que hace que sea un sistema tan perjudicial para el ambiente y los seres humanos?

Pues es la política que subyace tras ese sistema económico. En este caso hablamos de la política neoliberal.

Política sería algo así como dirigir la ciudad, es decir, en este ejemplo de la bicicleta si el capitalismo es la bicicleta, el neoliberalismo es el ciclista.

El neoliberalismo se basa en el crecimiento, algo así como decir que cuanto más mejor. En los años 90 los brokers de la bolsa de Nueva York popularizaron el slogan de Malcolm Forbes: “He who dies with the most toys wins”. Que traducido  sería algo así como el que muera con más juguetes gana.

Y así ha sido hasta ahora, la sociedad valora más el tener que el ser, y cuando se valora el ser, se hace porque se es mejor que las demás personas en alguna actividad concreta que le reporta tener más que el resto.

Parece que en este mundo solo existen dos formas de organizarse en política o neoliberalismo o comunismo. A mí me parece que esta dicotomía empieza a quedarse ya en el pasado.

De hecho, creo que existen formas en las que las democracias pueden guiar a los mercados para poner la vida en el centro.

Una de estas formas es empezar a hacer políticas de máximos. Actualmente hacemos muchas políticas de mínimos, pagamos tarifas de mínimo consumo, mantenimientos, reservas, etc.

Al igual que con los impuestos, quienes no alcancen un nivel mínimo no tienen por qué hacer la declaración de la renta (cosa que al final tienes que hacer porque si no luego no puedes optar a becas, ayudas y otros menesteres burocráticos pero de eso ya hablaré otro día).

¿Y si comenzamos a hacer políticas de máximos?

¿Qué quiero decir con esto? Pues exactamente eso, poner unos límites, tanto al consumo como a la generación de bienes de consumo, como a los salarios y a los beneficios.

Llega un momento en el que tienes acumulado tanto dinero que ya no tienes capacidad para ponerlo en movimiento, y eso pasa mientras existe mucha gente que tiene tan poco que no tiene capacidad para subsistir.

Y precisamente para eso están los famosos Estados del Bienestar para compensar las ganancias de unos y las pérdidas de otros.

¡Uf!, pero nadie está dispuesto a regalar su dinero. Bueno, no exactamente.

Es cierto que determinadas acciones de filantropía acaban siendo campañas de marketing (y no voy a dar nombres pero es posible que pienses en la misma persona que yo). Pero sí que existen muchas otras que hacen verdaderas acciones de generosidad.granada

Tampoco se trata de hacer caridad, si no de proporcionar herramientas para que las personas puedan vivir con cierta comodidad.

Y quiero decir comodidad porque creo que usamos la palabra dignidad con demasiada ligereza.

Hay muchas familias que estamos pasando esta situación con muchas comodidades, no lo voy a negar, la mía es una de ellas. Pero soy plenamente consciente de que también hay muchas que lo están pasando mejor y otras que lo están pasando peor. Y muchas otras lo están pasando terriblemente mal.

¿Dónde ponemos esos máximos?

Pues algunos me parecen sencillos de poner y otros no tanto.

Imagino que se podría establecer un máximo número de casas, de vehículos, de terrenos. Me refiero a título personal pero también se podrían mantener unos máximos empresariales (en esto no soy experta y por eso me cuesta más visualizarlo).

Donde me resulta más obvio que se pueden establecer unos máximos es en las instituciones públicas. Tenemos mucha burocracia y muchas instituciones burocráticas duplicadas mientras que otras pasan auténticas necesidades.

camino por el bosqueEstablecería también unos máximos en las ratios de aulas y consultas. pero también en los centros educativos y sanitarios.

Esto iría de la mano de la descentralización de muchos servicios. Al igual que establecería una mayor conexión entre los mismos.

Una pandemia sería mucho más fácil de controlar si las escuelas no tuvieran miles de alumnos y alumnas. Y si los hospitales no tuvieran miles de camas. Es decir, si hubiera más centros escolares y más centros sanitarios (las mismas camas y las mismas aulas pero más repartidas).

Pongo otro ejemplo: en vez de tener una matrona cada 10.000 mujeres o un médico de cabecera cada 8.000 habitantes. Pondría una matrona cada 20 km o un médico cada 10 km. Evidentemente habría que tener también en cuenta la densidad de población en el cálculo. De densidades de población complejas sabemos un montón en Galicia en donde tenemos una organización territorial muy enrevesada y desigual.

Seguramente también habría que fomentar las empresas que emplean materias primas recicladas o reutilizadas y reconvertir ciertas industrias que no solo contaminan, sino que también matan.

Y por supuesto establecer unos beneficios y salarios máximos. Es difícil pero existen personas que ganan más de un millón de euros al mes, eso son 12 millones de euros al año. Y sabemos que hay personas que tienen un patrimonio de 33.000 millones.

¿En qué se puede gastar una sola persona 33.000 millones? 

La persona más rica del mundo ganó 102.100 millones de dólares en 10 años, es decir más de 10.000 millones de dólares al año. Es decir, casi 28 millones de dólares al día.

Y todo eso sobre la explotación de seres humanos y recursos naturales.

No sé si a ti te pasa, pero a mí hay ciertas compras que me parecen obscenas. Puedo comprarme un bolso, unos zapatos, unas sábanas o un chocolate que me parezcan caros. Y hasta comprendo que las personas se gasten cientos de euros en ellos. Pero que una persona se gaste un millón de euros en unos pendientes, en una prenda de ropa o en un aparato electrónico me parece absurdo e innecesario.

¿No sería mucho mejor que ese dinero se invirtiera en investigación, en educación o en el bienestar de la población?

De la misma manera que parece una locura ponerle precio a la selva, al océano o al aire que respiramos, tampoco tiene mucho sentido que le pongamos precio a la cosecha del año que viene (y sin embargo, se hace).

Seguramente si pusiéramos sobre la mesa nuevas reglas del juego, definiendo qué productos son básicos e indispensables, no necesitaríamos subvencionar el campo o las ONG que se dedican a los cuidados.

Y hasta aquí mi reflexión de hoy. Ojalá pudiéramos ver que hay otras maneras de organizarse, que son respetuosas, amables, humanas y no se basan en tener, tener y tener.

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