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El fin de curso siempre trae una tarea veraniega

 

Este año el fin de curso es muy peculiar, cada familia en su casa, sin las habituales funciones de fin de curso (menos mal). Sin las habituales orlas, graduaciones, notas expuestas (o no).

¡Ay las tareas!

Las tareas escolares son una especie de eje educativo en el que basculan dos posturas irreconciliables: las personas que las defienden a capa y espada y las que no.

Lo curioso de este debate es que encontramos tanto familias como personal docente tanto a favor, como en contra.

 

¿Sabes en qué lado de la balanza te encuentras?

 

Pues claro, diréis la mayoría. Pero muchas veces no está tan claro. Y es aquí en dónde aparece la famosa lista de tareas chachi.

Pero ¿por qué?, muchas familias nos encontramos de pronto con una lista bienintencionada llena de tareas tipo:

  • sal a pasear y disfruta del Sol,
  • ver un amanecer,
  • ver una película en familia,
  • leer algo que te guste,
  • cuidar una planta,
  • construir un castillo de arena legendario.

No se trata de mantener hábitos de estudio, no se trata de favorecer el tiempo en familia, no se trata de promover el juego libre. No.

 

¿Qué objetivo persigue un maestro o maestra con esta lista?

 

Pues imagino que existirán múltiples razones. Hoy vengo a hablar únicamente de dos.

 

La primera que se me viene a la cabeza es una maestra que quiere agradar a todas las familias, tanto a las que quieren deberes como a las que no. Entonces, un haciago día, navegando por las redes sociales se encuentra una de estas listas de un afamado pedagogo (o no) y dice: ¡Eureka! Ya puedo tener contentas a todas.

Pues no.

Malas noticias. 

Lo siento pero estás buscando una receta muy difícil que es complacer a todo el mundo con la misma fórmula. Se me ocurren varias maneras de contentar a todas las familias pero, seguramente la más eficaz sea: dar una atención individualizada. Y aún así, te encontrarás familias que no estarán conformes porque, dentro de la misma, tienen diferentes posturas.

Supongo que la solución más salomónica es decir que: No hay tareas y si alguna familia quiere tareas para el verano pues: se las das. ¿Y si no te parece justo tal vez no sepas en qué lado de la balanza estás?

La segunda que se me ocurre es que para una persona acostumbrada a la autoridad es difícil soltar el control. Resulta complejo decidir sobre las vidas de tantas familias y de pronto, dejarlas vivir a su libre albedrío.

Existen numerosas obras que tratan sobre esta dicotomía filosófica: control o libre albedrío.

Como si el autocontrol fuera una utopía inalcanzable.

Como si el tiempo libre y de ocio no fueran derechos fundamentales recogidos en la declaración de los derechos humanos. 

Como si al convertirnos en madres, o padres, se nos diluyese la responsabilidad, la autonomía, la capacidad de tomar nuestras propias decisiones razonadas, meditadas, informadas.

Venimos de un tiempo en el que obedecer marcaba la diferencia entre vivir o morir. Callar podía salvar la vida de unos y acabar con la de otros. La indefensión aprendida causa estragos y la única forma de vencerla es poseyendo una sana autoestima, una voluntad inquebrantable, unas creencias en consonancia con nuestras acciones y decisiones.

Sin embargo, la mayoría de padres y madres disfrutamos de estar con nuestros hijos e hijas (todos no pero sí la mayoría). La mayoría de las madres y padres deseamos lo mejor para nuestros hijos e hijas (otra cosa es que definamos qué es lo mejor). La mayoría de las familias hemos comprendido que este mundo necesita mentes capaces, calmadas, creativas y cooperativas.

Así que, aquí tenemos otra dicotomía de esas que tanto le gustan a nuestro cerebro: Complacer o controlar. Quién sabe, tal vez el control sea una forma de complacer a algunas personas.

Y es que el modelo educativo del que venimos ya no sirve. Necesitamos una educación crítica, autónoma, autocontrolada, divergente, cooperativa, equilibrada y equitativa.

Muchas etiquetas para resolverlas en unos meses. ¿o no?

 

Planta con frutos rojos

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