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Se avecinan tiempos convulsos, en los que la identidad se va a forjar como un bastión irrevocable para marcar más las diferencias entre las personas que los nexos de unión entre las mismas. Por eso, vamos a hablar hoy de cómo construimos nuestra identidad y por qué es tan relevante en la adolescencia.

Nos cuesta mucho recordar nuestra propia adolescencia.

Nos cuesta empatizar con menores adolescentes.

Nos cuesta ver el mundo desde su perspectiva.

 

Pero quiero pedirte que recuerdes:

Recuerda tu necesidad de encajar en la sociedad.

Recuerda tu necesidad de tener amistades verdaderas.

Recuerda tus objetivos vitales.

Recuerda tus miedos.

Recuerda tus noches en vela y tus mañanas de sueño.

Recuerda como todo tu mundo tambaleaba.

 

Lo difícil que era mantener el control sobre tu realidad. Lo mucho que sufrías ante las críticas externas. Lo fácil que era que algo te pareciera humillante. La cantidad de complejos que desarrollaste y lo frágil que era tu propia autoestima.

 

Pero lo que quiero que recuerdes con más intensidad es esa búsqueda de tu propia identidad. Porque hasta ese momento, tú eras lo que te habían dicho, tu identidad venía definida por tu familia (clase social, etnia, nacionalidad, creencias, valores), por tus amistades (habilidades, defectos, conexiones), por tus maestros y maestras (capacidades, conocimientos, aptitudes, actitudes), por tu entorno (nacionalidad, cultura, ubicación) y por tu época (tecnología, modas, sucesos).

Todo eso se traducía en voces en tu cabeza: «No seas vaga», «cuida de tu hermano», «eres alta», «te mereces unas vacaciones en la playa», «eres leal», «te gustan los animales», «no sabes geografía», «eres europea», «eres inmigrante», «sabes tres idiomas», «te gusta el heavy metal», «siempre llevas dinero en el bolsillo», etc.

De pronto, entran en juego las hormonas, te cambia el cuerpo, te sale pelo donde antes no lo tenías, sientes impulsos sexuales, aparece el deseo, entras en crisis. Te cuestionas todo.

 

No te sientes preparada para tantos cambios. Son repentinos. Escapan a tu control. Tu biología se revela y te transforma sin avisar.

La biología te define también

De manera objetiva y observable eres mamífero, homo sapiens, adolescente, en desarrollo, con un color de piel, ojos y pelo concretos, con un peso y una estatura medibles.

Y un sexo: macho o hembra. Un sexo binario. A la biología le da igual cómo te sientes o lo que pienses al respecto. Se limita a expresar unos genes que van a determinar cuál será tu papel en la conservación de la especie: ¿vas a ser el cigoto masculino o el femenino? Esa es la única diatriba para tu biología. Tus genes y tus hormonas no entienden de ideologías.

 

Sin embargo, tu identidad sí.

Tu identidad bebe de todas las ideologías, pensamientos y creencias que le echen. A tu cerebro le encanta encajar. Le encantan las etiquetas. Le fascina clasificar. Y en la adolescencia se manifiesta la capacidad de identificación y clasificación en su máxima expresión. Tanto es así, que cualquier decisión acaba siendo dual: blanco o negro, hombre o mujer, mucho o poco, luminosa u oscura… Se les complica mucho ver las escalas o los procesos.

Y así es como vamos construyendo nuestra identidad, vamos tomando todas esas etiquetas que nos han puesto, una a una, y las vamos aceptando o desechando, y nuestro criterio queda absolutamente supeditado a nuestra necesidad de pertenencia al grupo de iguales. (Que hay excepciones, por supuesto, pero en general, la mayoría necesitamos sentirnos formar parte de un grupo social)

Es el momento en el que te revelas contra todo, o al menos lo intentas: «No quiero ser alta», «No me gusta mi culo», «No quiero que me cambie la voz», «No entiendo el deseo», «No quiero sentir esto porque va en contra de mis valores», «No me gusta lo que hacen mis amistades pero no quiero quedarme sin ellas».

 

¿Dónde se queda el autoconcepto?

¿Qué pasa con mi autoestima?

¿Puedo cambiar totalmente mi personalidad?

¿Quién soy?

 

Todas estas preguntas son importantes. El autoconcepto está siempre en formación: es el cómo nos vemos. La autoestima es la base de nuestra personalidad, la que nos protege de las voces críticas, de las humillaciones, de los insultos. La personalidad es el resultado de nuestras creencias, pensamientos y conductas.

¿Y la identidad?

La identidad es tan solo una parte de todo esto, forma parte del autoconcepto y forma parte de tu personalidad. Es el cómo te defines con respecto al mundo. Te hace ser ese individuo único, especial e irrepetible.

Porque todas las personas somos únicas, especiales e irrepetibles. Eso es lo interesante de formar parte de la humanidad. Otra cosa es que eso nos permita despreciar, humillar o vejar a otros seres humanos.

 

¿Existe entonces algunas estructura cerebral que albergue la identidad?

No. Al menos de momento no hay estudios científicos concluyentes al respecto. La identidad se sostiene sobre diferentes partes del cerebro, y todas son imprescindibles pero no existen diferencias remarcables entre cerebros europeos o asiáticos, ni entre hombres y mujeres, ni entre altos o bajos, ni entre personas que vistan de una manera u otra.

Los últimos estudios plantean que el cerebro es un mosaico y que las diferencias resaltables tienen más que ver con las habilidades, comportamientos y hábitos que se realizan a diario, que cualquier sentimiento identitario.